De remolinos y nauseas.


Y ahora da todo vueltas y me voy a volver loca. El momento del golpe fue recibido con un rictus de dolor. Sentí como el pecho se vaciaba de aire, como cuando desinflas uno de esos colchones baratos del Teletienda. Me quedé vacía. Y sentí una raja en medio del pecho. El puto miedo, la angustia, la inseguridad. Otra vez ahí.

Frente a frente, él como un ente invisible, que todo lo aplasta. Yo con cara de subnormal profunda mirándolo todo, sin ver nada.

Mil pensamientos por un segundo, un intercambio nada recomendable cuando tienes que mantenerte en pie, o al menos seguir respirando. Siento que todos mis órganos internos han reventado y la mierda me supura la piel. Pero aún así sigo manteniendo mi postura natural. Y desde fuera, parezco un ser humano completamente sano. Nada podría decirles a los comensales que comparten esa noche conmigo el restaurante y la cena, que me estoy ahogando por dentro.

Que estoy a esto de salpicarlos a todos. De desparramarme a tripas y corazón. Loca perdía. Mirando al vacío.

Y no dejo de torturarme con un despliegue infinito de escenarios hipotéticos, sintiéndome perdida o desconsolada o furiosa o patética, o un potente combinado de todos estos. La autocompasión me corroe las venas. Me quema las entrañas. Y me sudan las manos. Me invade la desolación, oscura y viscosa como el petróleo. Intento controlarme, pero la conciencia es demasiado eléctrica, y se extiende por todo mi cuerpo a la velocidad de la luz, no hay manera de apagarla.

Y ya estoy cansada de aparentar, de aparentar que estoy bien, porque me automutilo con cada sonrisa forzada, apunto el arma contra mi misma a cada movimiento controlado. Lo cual me provoca claustrofobia y pánico, y quiero salir corriendo de allí. Y llorar, hasta el delirio. Sin embargo me quedo ahí, sentada, con mi tormenta de mierda interna mientras mi sonrisa se extiende como un incendio por la extensa pradera de mi rostro.

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