De cabezazos contra la pared y otros menesteres.


No podemos controlar las emociones ajenas, los cambios de rumbo de los que nos rodean. Es imposible saber en que momento puede llegarte un golpe, un buen puñetazo en la boca.

Caminamos sin chaleco antibalas, a pecho descubierto, paseamos las arterias de la ciudad con el aliento de nuestro propio enemigo calentándonos la nuca.

Cualquiera puede romperte el corazón sin mayor aspaviento, sin condena, ni siquiera el más mínimo castigo. Un corte limpio, superficialmente indoloro.

No podemos controlar el dolor, así como no podemos controlar el puño que nos golpea. Nos limitamos a cerrar los ojos, apretar bien los dientes y aguantar la paliza con la mayor dignidad posible. Pero lo cierto es que dependemos de esas decisiones ajenas, incontroladas. Ciegos de sueños, el éter ensancha nuestros pulmones, penetra nuestras arterias. Volamos. Somos adictos a el, a esa droga, drogadictos de sueños. Y no podemos vivir sin ella a pesar de que nos reviente el cráneo. A pesar de que no exista explicación alguna, ni un por qué. Sabes que vas a morir de amor, pero no puedes dejar de sentirlo por todo tus poros. Lo cierto es que no puedes controlar que te invada.

Te meas en la cama del gusto sólo de pensar en volver a sentirlo. No has terminado de limpiar tus tripas sobre el asfalto, la sangre reseca tinta las aletas de tu nariz, un mareo recorre tu espina dorsal. Y tú sigues sonriendo cual idiota, hasta las trancas. Con los nudillos rotos, cara de fumador de opio compulsivo, y sin salida.

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