Tildes de locura en consonantes cuerdas.


La cabeza embotada de teorías inservibles y perspectivas inalcanzables. Sentada en la silla del escritorio, con esa típica postura imposible, echa un nudo entre sus piernas, las manos sosteniendo su cabeza, y la luz de la lámpara creando un punto de luz único en toda la solitaria y oscura habitación.

Su visión borrosa reposaba en cada parpadeo, con una eternidad insufrible, los ojos enquistados de ramificaciones color escarlata, y dos enormes ojeras le daban compañía.

Revuelta entre apuntes cegadores, líneas sin sentido se le enroscaban al suave cuello, y la asfixiaban con dulzura.

Llevaba gafas de pasta, aunque no las necesitaba, otra mentira, otra común forma de no ser ella misma, de evadirse de la realidad, y soñarse, ahora mismo era capaz de verse en otros ojos, desde la esquina de la habitación, se espiaba y se sentía observada a su vez.

Era la locura, bendita locura aquella que venia a buscarla, y a salvarla de aquella insoportable realidad, tan llena de nada, tan vacía de todo, tan desgarradora y cotidiana.


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