Desafiantes desafinados desfasaban de pasión.


Se desafiaban como dos animales en busca de satisfacer sus más instintivas necesidades, su posición ahora era claramente la del gran perdedor en esa lucha que ninguno de los dos sabia como lidiar. Tumbado, desde abajo podía verla en todo su esplendor sobre él mismo, la luz dejaba que percibiera sus suaves formas, sus hipnotizantes líneas y surcos, la oscuridad que jugaba con su piel, acariciaba aquellos maravillosos puntos como si de alguna forma quisiera ser su aliada en algún oscuro acertijo que no sabía aún como resolver, se sentía completamente vencido entre aquellas largas piernas, las mismas que lo apretaban y se presionaban insinuantes, anhelantes, pidiéndole más contacto, más aún que el quemazón, el roce, la fusión.
Ella sonreía, se sentía poderosa, libre, la contemplaba así, su perversa ganadora, lo observaba, lo acuchillaba sin piedad.
Ahora sus felinas manos se apoyaban sobre su torso, sentía su calor a través de la camiseta, le ardía el pecho, el alma, las entrañas, y el pantalón.
La quiso partir con la mirada, hacerla trocitos, esparcirla por toda aquella habitación para que ya siempre fuera de él, para que se llenara de su sonrisa, sus caricias, su mirada. Para que nunca más supiera qué era respirar sin su olor, ni el calor sin su piel, ni el dolor sin su pasión.

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