Algo crujió dentro de mi.

Escucho el motor de ese gigantesco monstruo de cuatro ruedas, desde el andén, el cuello expectante y los ojos bien abiertos.

A mi lado, un chico moreno hace muecas mientras una chica rubia escribe en un idioma que sólo ellos dos pueden conocer, algo en el cristal de la ventana. Sonríen por dentro.

Yo vuelvo a buscar tu oscura silueta, e intentar ubicar tu boca.

Otra vez me tocó adivinarte, puñeteros cristales oscuros, no dejan ver el sol.

Y me miras, me ves, pequeña y expectante.

Observo, es algo mecánico, se lo que ocurrirá, y tu también.

Se cierran las puertas del maletero, y las ruedas comienzan a chirriar. A cámara lenta y marcha atrás te vas de mi lado.

Yo mientras, rebobino recuerdos, sabores, olores de cuando tu estabas. Intento impregnarme de tu presencia hasta el último segundo. Ya lejos, te busco.

Y ya se acabó, ahora sólo queda la goma y el metal.

Me cruje el pecho, siento ese ¡crash!, media vuelta, y a caminar, dejando que mi espalda se recree de tu ausencia. Miro mis pies.

Sólo tú consigues que mis sentidos se evadan de mi cuerpo, como si fueran antónimos. Se revelan, se van contigo, kilómetro a kilómetro. Mi cuerpo en cambio, queda vacío, y no está.

1 comentario:

  1. Qué jodidas son las despedidas, verdad?
    Pero merecen la pena si son capaces de propiciar un feliz reencuentro.

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