Amelie.


La antigua inquilina de mi piso se llamaba Amelie. Lo descubrí el primer día que fui a abrir el buzón del portal, había llovido mucho y aún escuchaba el goteo incesante del agua sobre el suelo de mármol, cuando vi una carta dirigida a ella, Amelie, la letra era estilizada, y sonreí. Pronto me hice la imagen metal de como sería ella, de como olería o se movería, imaginé que sería capaz de sacar la mejor cara en los peores momentos, que siempre tendría la palabra precisa, la mirada perfecta, imaginé que ella era capaz de cosas imposibles, sabría que decir y como decirlo en cada momento, sabría como sonreir después de un dia asqueroso, sabría hacer galletas de chocolate en tardes tormentosas o estar siempre ahi cuando la necesitan. Estaba segura que sería una enamorada del cine clásico, el chocolate negro y los oyuelos en las mejillas. Su piel seria la de un melocotón y nunca llevaría paraguas, usaría una bicicleta para dar la vuelta al mundo y tendría conversaciones interminables con la luna lunera,si, ella podría resolver los problemas del mundo en una sencilla conversación en la cola de la compra.. Es curioso como sin conocer a alguien podemos llegar a imaginarnos su vida con exactitud, sus emociones, sus sueños, sus deseos, sus manías... Imaginaba a la Amelie de la película, una de mis películas favoritas, imaginaba su pelo negro con corte a lo garçon, sus ojos almendra, su boca rosada y ese halo de inquietante misterio que rodeaba cada cosa que hacía. Subí la carta al piso y la puse sobre la cama, me senté enfrente de ella, decidida rompí el precinto pegajoso del dorso y me dispuse a sacar el papel que habia en el interior, cuando de pronto paré, me quedé inmovil, estática, no, no la abriría, si me preguntas por que, no sabría contestarte, pero simplemente no lo hice; como si algún dia fuera a aparecer reclamando sus cartas, no sería propio de ella, posiblemente las mandaba ella misma, sería una forma de salvarme la vida. Nunca abrí esa carta, ni las posteriores que llegaron, cada mes.

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